Patrimonio Industrial nacional e internacional

PATRIMONIO INDUSTRIAL - INDUSTRIAL HERITAGE - PATRIMOINE INDUSTRIEL

lunes, 6 de junio de 2011

Noticias del día sobre patrimonio industrial

Arnao (Asturias)
El “pavor” de los primeros trabajadores de la mina, que venían del campo y la mar.
Los obreros trabajan estos días en la instalación del ascensor-jaula que bajará al visitante hasta las galerías. La jaula original llegaba a la cota -56 dando inicio a un mundo subterráneo y submarino que parece pura ficción. A través de planos inclinados, que llegaban a tener inclinaciones de hasta treinta grados, la mina alcanzaba la cota -200 y progresaba mar adentro hasta el final del campo de explotación, a unos 600 metros en línea recta hacia el Cantábrico.
En las entrañas de la mina, entre el ruido de los trabajos, Guillermo Laíne e Iván Muñiz se imaginan el «pavor» de las primeras generaciones de mineros que explotaron Arnao en la primera mitad del XIX (y qué decir de los que lo hicieron a finales del XVI). «Es que aquella gente no era minera, sino campesina y marinera. Para ellos, trabajar dentro de la tierra debía ser tabú». Sus herramientas eran prácticamente las mismas que en las del laboreo agrícola.
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En pocos meses, tras Arnao, la Real Compañía Asturiana de Minas abre Reocín y La Florida, en Cantabria, creando una especie de ruta cantábrica del zinc. La Florida es la actual mina de El Soplao, un prodigio de formación calcárea único en el mundo. Pero Reocín y La Florida eran más fáciles de trabajar que Arnao. El principio del fin llega en 1903 cuando se detectan las primeras filtraciones de agua del mar. Coincide con una huelga, no hay mantenimiento y la cosa va a más.
En 1912 otra gran huelga, de un año de duración, condena definitivamente a la mina. El carbón de las cuencas mineras ya se explotaba a pleno rendimiento pero Arnao se muere sola, acosada por el mar, y abandonada por los mineros en busca de mejores condiciones laborales. La Real Compañía, que trató por todos los medios de mantener activa Arnao, se ve obligada a mirar a otras vetas (en 1925 compraría el pozu San Luis, por citar una operación de gran fuste).
Paradojas del destino. Unos meses después de que el castillete de Arnao fuera rehabilitado con su cubierta de escamas de zinc, en 1902, la mina entró en barrena. Fue una explotación complicada pero a la que se le sacó amplio rendimiento. Esas 40.000 toneladas anuales de carbón iban directas a los hornos de la fábrica de zinc, aunque no abastecía todas las necesidades. Para obtener una tonelada de zinc se necesitan siete toneladas de carbón. Las cuentas de producción no salían, por lo que es seguro que la fábrica de la Real Compañía compraba carbón foráneo.
Desde 1915 hasta hace apenas unos meses la mina permaneció cerrada y sellada. Curiosamente la muerte de la mina no supuso el derrumbe de su entorno, Los antiguos talleres se convirtieron en zona de ocio obrero, con salas de billar y biblioteca. Otra sala hizo de cine. La fábrica, lo que después fue la actual Asturiana de Zinc, seguía existiendo, cada vez con mayor ímpetu industrial. Junto al castillete de Arnao hay viviendas, levantadas sobre la antigua sala de máquinas, y las casinas del entorno en primera línea del mar tuvieron también relación con el personal de la fábrica. Incluso en la trastienda de la mina funcionó hasta hace unos años un restaurante que daba vidilla a la zona.
Desde la ría de Avilés a la ría del Nalón, esa franja costera fue de algún modo un coto privado de la Real Compañía, incluida la playa de Salinas, hoy kilómetro cero de un complejo residencial, pero en su día -y no hace tanto- un arenal improductivo.
En el interior de la mina muchas de las paredes permanecen recubiertas de ladrillo, caso insólito. Arnao fue la primera mina de España que usó el aire comprimido para el sistema de desagüe, en 1874. Era una mina sin grisú, pero con carbón autocombustible.
Guillermo Laíne recuerda que «cuando abrimos la mina, después de tanto tiempo cerrada, lo primero que encontramos fue una avalancha de agua». El arqueólogo Iván Muñiz tiene presente en su memoria la experiencia en aquella mina, reabierta por la Brigada de Salvamento Minero en 2009 «oscura y en el más completo silencio». Fue como penetrar en una tumba.
La Historia, así en plural, está llena de guiños. El primer «agujero» en Arnao se abre a finales del XVI como estrategia real frente al carbón de Flandes. Dos siglos y medio más tarde, en 1849, dos ingenieros de minas belgas, precisamente belgas, son los que remueven el proyecto y lo ponen en marcha.
«Eleonore» es testigo mudo de aquel ambicioso intento. «Eleonore» es el nombre de una de las dos locomotoras utilizadas durante décadas para el transporte del carbón desde la playa a la fábrica. Fue restaurada en el Museo del Ferrocarril y la Industria, en Gijón, y pronto volverá a sus orígenes para presidir el espacio verde que sirve de antesala a la entrada de la mina. «Eleonore», nombre que toma de la hermana de uno de los ingenieros fundadores, es un símbolo, el viejo metal recuperado para que las nuevas generaciones no olviden.
El museo de la mina de Arnao, que se abrirá este verano, cuenta con fondos europeos y del Ayuntamiento de Castrillón. El antiguo taller será el centro de interpretación. Toda información es buena pero a Arnao hay que interpretarla desde los sentimientos.
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Arnao, la mina que sí va bajo el mar
Al rey Felipe II se le encendieron las pupilas cuando leyó aquella carta. La enviaba desde la remota Asturias un fraile carmelita descalzo del monasterio del Carmen, en Valladolid. Se llamaba Agustín Montero, y le contaba al monarca que en un lugar de la costa asturiana llamado Arnao habían aparecido extrañas piedras negras que funcionan como el carbón vegetal y sirven para hacer herramientas. Era el año 1591 y hacía tan sólo tres que España había sido atónito testigo de la debacle de la Armada (supuestamente) Invencible. El carbón mineral llegaba, vía Portugal, de Inglaterra y Flandes, tierra enemiga.
¿Y si en España hubiera carbón como en aquella Europa díscola que sangraba al Imperio? Felipe II encarga a su tapicero mayor, Felipe Benavides, experto en piedras, un informe. Y probablemente Benavides lo anima a intentar la alternativa asturiana, dado el desgaste en los bosques que estaba generando la compulsiva construcción naval. Nacía así la explotación minera de Arnao (Piedras Blancas).
El permiso de explotación llegó en 1593 y desde entonces Arnao fue, en cierto modo, una sucesión de fracasos. Al menos una mina contracorriente. La época dorada de Arnao, una de las ocho joyas del patrimonio industrial asturiano elegidas por el Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio, dependiente de la UNESCO, está por llegar.
Arnao es todo singularidad. Es la mina más antigua de las documentadas en España, la única mina submarina y la primera que utilizó el ferrocarril en 1836. Dentro de unas semanas dejará definitivamente su pasado industrial para convertirse en un atractivo turístico, una mina imagen en primera línea del mar, la única del país en su género. La bocamina surge del pedreru de la playa de Arnao, y sobre el murallón que remata el arenal se levanta el castillete con su cubierta de cinc. Es de principios del siglo XX, cuando la cercana fábrica de producción de este mineral llevaba ya décadas de funcionamiento. La explotación del cinc se inicia en 1855 gracias a la iniciativa empresarial belga, y la mina de carbón de Arnao se convirtió en surtidor de materia prima para la metalurgia.
El castillete de Arnao tiene aire de torre de balneario clásico. El cinc era hace un siglo uno de los materiales que rezumaban modernidad. Las casas de los ensanches burgueses parisinos tenían cubiertas de cinc, pero más allá de la estética la mina y la fábrica propiciaron un vuelco a la comarca. Desde 1855 a 1915, cuando la mina cierra, la producción anual media de carbón rondó las 40.000 toneladas como señala Guillermo Laíne, ingeniero de minas y representante de Sadim, empresa técnica del grupo Hunosa. La plantilla llegó a tener 300 trabajadores de mina. El castillete era, pues, la punta del iceberg de un mundo minero insospechado.
El arqueólogo Iván Muñiz se encargó de recuperar la memoria histórica del lugar. Él no encuentra extraño que un carmelita descalzo anduviera por Asturias en busca de yacimientos. «En el siglo XVI los monasterios no son sólo lugares para rezar. El conocimiento se movía alrededor de ellos». No se sabe a ciencia cierta de dónde procedía Montero, aunque se le supone su origen asturiano.
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Dos años más tarde del descubrimiento del carbón mineral en Arnao comienza una explotación efímera. «Se enviaron dos galeones cargados de carbón desde el puerto de Avilés hasta Lisboa, y después silencio absoluto». Iván Muñiz, encargado también de las excavaciones arqueológicas del Castillo de Gauzón, supone que la mina fue abandonada a las primeras de cambio. «Fray Agustín Montero se adelantó tres siglos», y eso suele dar malos resultados.
Hacia 1635 se intenta reabrir la mina: nuevo fracaso. En 1830 hay informes de actividad, justo antes de que la Real Compañía Asturiana de Minas (RCA) se hiciera cargo de la explotación iniciando su segunda etapa industrial. El ferrocarril de 1855 vino a sustituir un procedimiento de transporte arriesgado y paralizador: las gabarras. Ya en el siglo XVI los burócratas de Felipe II advierten de la imposibilidad de trasladar el carbón en invierno a causa de los temporales. Pero las gabarras funcionaron, mal que bien, durante un largo período y para Jovellanos, que visitó este lugar en el siglo XVIII, la ruta marítima a Avilés no era mala idea.
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Cáceres (Extremadura)
Las Minas: el patrimonio ninguneado
Al fondo del relato de Francisco hay un poso de orgullo evidente. «Cuando en Cáceres iban a la plaza a por agua, nosotros la teníamos de los depósitos», cuenta. Sentimientos aparte, lo que el hombre constata es una realidad objetiva, que está en los libros. Más aún: en el DOE (Diario Oficial de Extremadura) del viernes 27 de mayo, en el decreto 90/2011, el que declara Bien de Interés Cultural (BIC) al Poblado Minero de Aldea Moret.
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Esos depósitos a los que alude Francisco Luis López Naharro son los que en su día construyó la Compañía de Aguas de Cáceres, fundada el 21 de enero de 1899. Un siglo, una década y dos años después, esos enormes contenedores de piedra siguen ahí, con una de sus torres de acero bien visible, como una metáfora ilustrativa sobre lo que fue, lo que es y lo que puede ser. Hasta hace unos meses, adosada a la torre había una escalera, que con el paisaje verde y amarillo y las vías de tren como marco, ayudaba a configurar una escena de lo más fotogénica. Tanto que de hecho, hay algún profesional de la cámara que ha elegido ese sitio, entre todos los que ofrece la ciudad, para ambientar sus cálidos retratos.
Pero alguien debió de apreciar algo mucho menos poético, más prosaico en esas escaleras y decidió llevárselas. Las robó. También arrampló con una parte del mecanismo que hacía de filtro. Probablemente, quien lo hizo ni siquiera necesitó permanecer con el ojo despierto para detectar pronto una presencia no deseada, porque el sitio, los depósitos, la torre, la escalera están a tres kilómetros del centro de la capital, en un lugar por el que es más fácil ver rondando a una oveja que a una persona.
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En ese paraje alejado de todo bullicio se levanta un conjunto arquitectónico desconocido para muchos cacereños y radicalmente diferente a lo que el turista pueda ver en su recorrido típico por la Ciudad Monumental. No son palacios, ni iglesias ni murallas. Hay viviendas, calles, pilares... Están las minas Abundancia (hoy reconvertida en centro de interpretación), María Estuardo, san Salvador y Esmeralda, el almacén de superfosfatos con el edificio La Fosa, el embarcadero (moderna sede para empresas inaugurada hace unas pocas semanas), la iglesia de san Eugenio, el malacate... En definitiva, lo que queda de 110 años (de 1864 a 1974) de actividad minera en Aldea Moret. Una sucesión de construcciones singulares que acaba de merecer la distinción de BIC por parte de la Junta de Extremadura, con la categoría de Lugar de Interés Etnológico.
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"Un complejo único"
En ese conjunto, merece un punto y aparte el poblado minero, «un complejo único», en palabras de Francisco Luis Gómez, hijo de un tornero ajustador que trabajó en las minas y ahora dueño de una ferretería en Aldea Moret de nombre El Torreón, que es como se conocía popularmente a la mina san Salvador. Francisco es, además, el presidente de la asociación de vecinos del poblado minero de Aldea Moret.
Él y su familia son una de las 16 que aún siguen durmiendo cada día en este entramado de calles sin asfaltar y casas con jardín, ese punto del callejero cacereño que parece vivir de espaldas al resto de la ciudad. O quizás sea más acertado escribirlo al revés, o sea, que subsiste mientras al resto de la ciudad le resulta ajeno.
De hecho, algunas de las particularidades del poblado minero de Aldea Moret le sitúan al margen de la capital. En él, la iluminación es prácticamente la misma que había hace ochenta o noventa años, cuando aún se trabajaba en los doce pozos de extracción que llegó a tener. Es más: a día de hoy, la corriente sigue siendo de 125 voltios. Las calles están sin asfaltar, se embarran cada vez que llueve un poco más fuerte de lo normal, y ante cualquier contingencia, son los propios residentes los que tienen que solucionarlo, y no el Ayuntamiento.
«El principal problema que ha tenido el poblado ha sido que era un recinto privado, al que no podía entrar nadie más que los residentes; eso ha hecho que en cuanto se abrió, empezara a haber actos vandálicos, y ha hecho también que la gente lo conociera tarde», reflexiona el dirigente vecinal.
Que el acceso estuviese vedado durante años era lo propio de un recinto privado, que en sus mejores años llegó a tener cine, cantina, parque, iglesia, colegio y hasta campo de fútbol. Hoy, en sus calles no hay farolas, y los vecinos, hijos y nietos de ex trabajadores de las minas de fosfato y hierro, no pagan la luz como cualquier cacereño al uso, sino que están sometidos a la tarifa de energía eléctrica industrial. Eso significa «pagar noventa euros aunque no hayas estado en casa», detalla Francisco Luis Gómez, comprometido con la causa del poblado minero desde el minuto cero. Se apuntó a la asociación vecinal en cuanto se creó, a mediados de los noventa. «Nació después de que Ercros vendiera una parte de los terrenos a Placonsa, como una reacción para protegernos», recuerda.
La idea de la constructora de levantar un centenar de viviendas unifamiliares en el poblado -el plan establecía que a cambio de que las máquinas echaran abajo su casa, cada residente recibiría una de esas unifamiliares- despertó la conciencia colectiva. Se creó la asociación, y más tarde, una plataforma autodenominada 'Salvemos el poblado minero'. Después, otros colectivos se sumaron a la causa. Entre ellos, la Asociación de Vecinos Santa Bárbara o la Asociación Sociocultural Aldea Moret. En la mente de todos ellos hubo desde el principio un horizonte claro: la declaración de Bien de Interés Cultural.
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De ahí que Francisco la salude ahora como «la garantía de la salvación». El texto que da marchamo de oficialidad a ese título debe ser motivo de orgullo para quienes, como él, están detrás de una vieja reivindicación. La Junta de Extremadura considera que estamos ante «una muestra coherente y completa de una actividad industrial extractiva de la fosforita». «El conjunto -argumenta la consejería de Cultura y Turismo para la concesión del título- constituye un singular y relevante ejemplo de alto valor patrimonial, tanto por su valor testimonial como por su singularidad arquitectónica».
Lástima que la docena de inmuebles incluidos en la catalogación lleven años viviendo entre la admiración casi sentimental de sólo unos pocos y el olvido de la mayoría. Y en algunos casos, con la compañía cercana de la basura.
La vieja chimenea
Comprobarlo es tan sencillo como darse un paseo por lo que queda de las minas. A un minuto andando de la Esmeralda -la pieza mejor conservada de todo el conjunto, con la chimenea de los viejos hornos que aún se conserva- hay varias casas en ruinas. De ellas quedan las fachadas descompuestas, repletas de grafitos y asaltadas por la inmundicia. El suelo es un catálogo que habla de quiénes frecuentan el lugar y para qué: 'litronas' de cerveza, cristales rotos, ruedas de bici, ropa, trozos de papel de aluminio, la carcasa de un televisor de la marca Sony...
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Lo preocupante es que esa escena no constituye una excepción. A dos minutos a pie de allí, junto a los restos de la mina María Estuardo, hay un foso que en su día fue profundo. Hace tiempo que se lo comieron los escombros. «Es que ahí iban los camiones a descargar cosas de las obras», dice un paisano que pasea por la zona, bastón en mano.
Lo que él cuenta, lo que relata el presidente vecinal, el testimonio de un vecino del poblado minero que lava el coche a la una de la tarde un día laborable, lo que explica su padre, que sigue la escena... Todo eso, más lo que devuelven los ojos al caminar entre ruinas, abriéndose paso por pastos de metro y medio de alto, dejan claro que la huella de casi un siglo de actividad minera en Aldea Moret ha quedado reducida a unas colección de piezas singulares ahora rescatadas por la administración en forma de título, pero despreciadas durante su último medio siglo de vida, que es el último medio siglo de vida de Cáceres.
Es un patrimonio ninguneado, del que sólo parecen haberse ocupado los sensibles a este tipo de riqueza, y sobre todo, quienes están ligados a ese paisaje por los lazos del sentimiento. Que deben de ser fuertes, porque pese a las calles sin asfaltar, a los 125 voltios y a que las averías las tengan que arreglar los vecinos, Francisco lo dice alto y claro: «Aquí -afirma-, se vive de maravilla».
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Mieres (Langreo)
El Instituto del Carbón desbloquea 19 millones de las partidas municipales de 2008 y2009
La mayoría de los ayuntamientos de las Cuencas han recibido en las últimas semanas buenas noticias respecto a los proyectos atrasados de fondos mineros, cuya financiación se había puesto en duda dados los recortes económicos. El Instituto para la Restructuración de la Minería del Carbón, dependiente del Ministerio de Industria, ha enviado a siete de los diez concejos de los valles mineros 29 convenios pendientes de los fondos municipales de 2008 y 2009 (incluso alguno de 2007) para inversiones por valor de casi 19 millones de euros. El grueso de las partidas las recibirán los concejos de la comarca del Caudal, que aglutinan proyectos por valor de 16,85 millones, con especial relevancia los de Mieres y Lena, que suman más de 10 millones de inversión. Mientras, en el Nalón, solamente han recibido borradores de convenio Langreo y Caso, por un valor de 2 millones.
l Mieres. Recibió los borradores elaborados por el Instituto del Carbón para los convenios del nuevo edificio administrativo municipal, que se construirá en La Mayacina y que cuenta con un presupuesto de 6 millones de euros, así como para la compra de terrenos para construir viviendas sociales en el barrio de Bazuelo, con 1,8 millones de euros.
El Pozo de San Luis, imagen de la noticia
 l Langreo. El Ayuntamiento recibió para su firma convenios de fondos mineros que suman un importe de 1,25 millones de euros. Se trata de la recuperación de la sala de máquinas y el acondicionamiento de los accesos del Pozo San Luis (700.000 euros), la recuperación del patrimonio industrial y minero del Puente de La Maquinilla (300.000 euros) y el proyecto del archivo histórico minero (250.000 euros).
l Lena. El municipio lenense recibió durante las últimas semanas ocho convenios de fondos mineros que suman una cuantía de 4,81 millones de euros de inversión. Los proyectos que más dinero tienen concedido son la continuación del plan de mejora urbana de Campomanes, para el que se destinan 1,05 millones de euros, y el acondicionamiento del Camín de La Flor e infraestructuras en Palaciós y Piedracea, que tiene asignados 1,39 millones. Además, la prolongación de aceras en la Vega del Ciego (538.000 euros), el acondicionamiento de la carretera a Linares (449.826 euros), la construcción de la glorieta de acceso norte a Pola de Lena (400.000 euros), la urbanización de tres calles de Pola de Lena (511.086 euros), los accesos a Reconcos de Muñón y La Cunquera (220.000 euros) y la renovación de la red de saneamiento de Zureda (175.000 euros), también han recibido inversiones. Por último, el Instituto del Carbón también destina 84.918 euros a la redacción de proyectos para 6 actuaciones en Lena.
l Aller. Cinco han sido los borradores de convenio que el Ayuntamiento allerano ha recibido con la mediación del Principado. La inversión de mayor cuantía se la lleva el proyecto de construcción de un nuevo recinto ferial en Cabañaquinta, con un importe de 800.000 euros. Otra de las iniciativas con mayor montante económico es la mejora de la calle de la Estación, en Moreda, que tiene asignados 700.000 euros. El resto de iniciativas subvencionadas, de menor calado, son la construcción de la carretera a Sinariego (200.000 euros), la rehabilitación de la pasarela peatonal de Caborana (39.000 euros) y la construcción de un área recreativa en Pelúgano (40.000 euros).
l Riosa. Los convenios enviados al Ayuntamiento riosano suman 1,87 millones de euros. Dos de ellos, los de mayor importe, van destinados a continuar el desarrollo turístico del poblado minero de Rioseco. Así, la recuperación de la Casa de los Ingenieros para instalar en ella un museo ha recibido 559.000 euros, mientras que la recuperación de las bocaminas, el transporte aéreo y los cargaderos conlleva una inversión de 342.000 euros. Algo menos, 300.000 euros, es la cantidad fijada en el convenio del proyecto para la construcción de edificio de servicios múltiples en el antiguo colegio de L'Ará. Además, Riosa ha recibido los borradores para los proyectos de construcción de un aula de interpretación en el Angliru (270.000 euros), la recuperación de la nave del mercado de ganado de La Vega (180.000 euros), la adecuación de nuevos vestuarios en el campo de fútbol (175.000 euros) y la recuperación integral del núcleo de El Taleno (50.000 euros).
l Morcín. El Ayuntamiento solamente ha recibido un borrador de convenio. Se trata de una partida de 546.300 euros para el equipamiento del Museo de la Lechería, en la Foz de Morcín, un proyecto, por otra parte, que acumula numerosos retrasos, y que necesita de un impulso económico.
l Caso. Ha recibido a través del Principado dos borradores de convenios de fondos mineros. En este caso, el Ayuntamiento ya tiene listo para rubricar la mejora integral del núcleo de Nieves, con un importe de 747.000 euros. Además, también ha recibido el convenio para la construcción de un aula de educación ambiental en Los Arrudos.
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Villanueva (Castellón)
Villanueva de Castellón protege un antiguo almacén de naranjas del siglo XIX
El Ayuntamiento de Villanueva de Castellón ha dado la mayor protección que permite el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) al antiguo almacén de naranja situado en la calle Sant Domènec, uno de los primeros construidos en la comarca en el siglo XIX. Se desconoce con exactitud su fecha de construcción pero los expertos la sitúan entre 1870 y 1880, "cuando se comenzaron a construir este tipo de edificios", indica el historiador castellonense Eduardo Doménech Alcover, autor de varios estudios sobre los almacenes citrícolas de la comarca.
Precisamente, el almacén de Villanueva de Castellón forma parte de la relación de construcciones de uso agrícola realizada por Doménech para el catálogo de la exposición "La fruita daurada", organizada por la Lonja de Valencia y aparece, también, en el volumen "Historia de la Naranja" publicado por Levante-EMV. Y es que, según describe el historiador, el edificio castellonense, pese a tener muchos rasgos comunes con otros almacenes de la época, presenta características singulares y, entre ellas, destaca su patio interior, "único en la comarca".
De entre los elementos arquitectónicos de este almacén destaca la estructura metálica de cuchillos o Polonceau: unos grandes triángulos de hierro que sustentan el tejado a dos aguas, un elemento característico de la arquitectura industrial, explica Doménech.
El Levante

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